TRANSEUNTES

A MODO DE PREÁMBULO

Tras la invención, los usos que se le han dado a la cámara fotográfica han sido infinitos. Consideradas las cualidades de registro de este instrumento tecnológico, condicionadas además por la expectativa de la verosimilitud –y en su forma más tendenciosa de la objetividad–, la fotografía ha colonizado espacios que podrían parecer contradictorios. Por un lado se habla de imagen fotográfica como un instrumento perfectamente cualificado para servir como herramienta de investigación científica. Por otro, sabemos que en su uso más popular, la imagen fotográfica se utiliza a la manera de un contenedor de emociones. Y contenedor es una expresión que funciona muy adecuadamente, ya que a la vez que almacena, lo hace de un modo tal que los márgenes de la foto funcionan como un dique de retención, sólo hace falta el gatillo que detone toda la energía explosiva contenida en el encuadre. La colección de fotos que solemos llamar álbum de familia, es un conjunto de imágenes cargadas de dicho potencial cinético y que probablemente guardamos con esa intención. Está claro que podemos extraer de ellas todo tipo de informaciones valiosas para un desciframiento de costumbres, modos, usos sociales, políticos o económicos, pero en estos ámbitos, casi podríamos afirmar que se esteriliza de lo que realmente significa: un vehículo para la emoción. Se trata del asalto de la imagen.  Un gesto de ataque que todos hemos experimentado y que Roland Barthes ha descrito muy bien en su célebre libro “La Cámara Lúcida”.